Charla

LA   MUJER  EN  LA   IGLESIA   PRIMITIVA

Elena Pablo Elorza

AMAC  Santiago

Mayo  2007 

Antes de entrar en el tema, quiero hacer unos alcances sobre cómo se consideraba a la mujer en la mayoría de los pueblos primitivos

Con demasiada frecuencia, el mundo y la historia, la Iglesia y la historia eclesiástica, se han considerado exclusivamente desde el punto de vista del hombre, de lo masculino. No solamente en el mundo, también en la Iglesia, el hombre es, en definitiva, el que manda. “Los hombres hacen la historia.”

A pesar de eso, tenemos que reconocer que la mujer tiene su propio valor, igual que el hombre.

La mujer en los pueblos antiguos  

La posición de la mujer en Grecia   prescindiendo de Esparta, donde se la apreciaba especialmente como madre, a pesar de que “espartano” quiere decir “criado a la  manera de hombre”  no era mucho mejor que la de esclava, ya que su amo y señor tenía sobre ella un poder ilimitado.

Tampoco en Roma  ocupaba la mujer una posición muy feliz. Cierto que hubo épocas en las cuales las matronas romanas disfrutaban de mayor dignidad que en Grecia. No obstante, en las épocas principales de la historia romana, vivieron tan sometidas a la soberanía masculina, que apenas podían disfrutar de libertad y  aprecio.

En Egipto parece ser que la mujer ocupó un puesto de gran dignidad. La poligamia no estaba realmente prohibida, pero no estaba generalizada. El harén era privilegio exclusivo de los reyes.

En la cultura indogermánica, a igual que entre los semitas, los chinos y los árabes, el hombre era el señor de la mujer. La autoridad y dominio del padre llegaba hasta hacer desaparecer a la mujer que no quisiera aceptar un pretendiente no elegido por ella.

A pesar de las diversas opiniones, hasta en algunos escritos teológicos  se presentaba muy seriamente la idea de si debía considerarse a la mujer como ser humano y si ésta tiene o no alma  a igual que se preguntaban algunos sobre lo mismo en los negros y los indios.

La verdad es que la Iglesia ha declarado siempre que no sólo el hombre, sino también la mujer es reflejo real de la idea divina creadora del ser humano. La valoración bíblica de la mujer como ser humano y como persona, incluso desde el punto de vista religioso, es nueva en la historia y casi exclusivamente propia de la Biblia. 

Si miramos – aunque sea muy rápidamente – la posición de la mujer en algunas grandes religiones, como el Budismo,  vemos que existe un elevado desprecio por la mujer. La mujer es, en su esencia, un “maya”, esto es, una apariencia engañosa. La mujer, según la doctrina budista, debido a su pretendida “naturaleza impura”, tiene que re-encarnarse bajo otra forma cualquiera antes de emprender el camino de la salvación. Pero, en ningún caso, puede alcanzar la mujer los elevados grados de santidad que conducen al Nirvana.

Sólo en el budismo japonés  - tal vez por influencia occidental – se ha aceptado en parte una idea intermedia según la cual, la mujer, si es creyente, puede también alcanzar la salvación.

Según la doctrina genuinamente budista, “el exterior de la mujer es, en realidad, el de una santa, pero su corazón es el de un demonio.” Sólo el hombre puede alcanzar la dignidad de Buda, pero no los animales ni las mujeres.

Buda recomienda a sus discípulos: “Guárdate de la mujer, astuta embaucadora que, mediante la sensualidad y el amor, seduce al mundo del que el sabio huye.” Teniendo en cuenta esto, se comprende que a los sacerdotes budistas se les exija un severo celibato.

Esta pesimista valoración de la mujer la encontramos también en la filosofía y la teología de los  persas.  También en la antigüedad cristiana en los gnósticos y maniqueos y en la kábbala judía .  Estas teorías llegaron hasta la Edad Media.

Incluso Aristóteles (s V a.C.)  sostiene que el ser humano es, esencialmente, hombre. Para él, el hombre es “mejor y más divino”. La mujer es, en cierto modo, un hombre desprovisto de la facultad generativa, un hombre “malogrado, mutilado, degenerado.”  Este error biológico de Aristóteles ha influido, fatalmente, en las ideas existentes en la Edad Media, tanto dentro como fuera del cristianismo.  El pensamiento de Aristóteles, a este respecto, llegó a penetrar en el pensamiento de algunos teólogos cristianos, entre ellos en Santo Tomás de Aquino.

“La mujer – afirma Sto. Tomás – ”vino a la existencia como ayuda del hombre; pero sólo como ayuda para la generación, pues para cualquier otro trabajo, el hombre encuentra mejor ayuda en otro hombre que en la mujer. Sin embargo, ella resulta indispensable para la obra de la generación “ (Suma Teológica I)

Después lo aclara mejor al decir que “entre los hombres, el varón y la mujer no sólo se unen por la necesidad de la generación, como  ocurre con los demás seres vivientes, sino también por causa de la vida doméstica, en la que hay actividades propias del hombre y actividades propias de la mujer, y en la que el hombre es cabeza de la mujer.” (Suma Teológica I)

Santo Tomás, como Aristóteles, niega la paridad biológica de la mujer. Según ellos, sólo el hombre es quien da origen a la vida y la mujer es únicamente la ayuda que prepara la materia.

Así como Dios creó a Adán del barro, así el padre crea al niño de la sangre de la madre.   El espermatozoide y la sangre maternal se comportan a la manera de la simiente y la tierra. Sto. Tomás, debido a las ideas biológicas de entonces, no sabía que la mujer aportaba óvulos. Se desconocía por completo la parte activa desempeñada por la mujer en el proceso de la generación.

La finalidad de la generación – tanto para Sto. Tomás como para Aristóteles – sería la creación de un ser igual al hombre, o sea, un niño varón. Sin crítica ni corrección alguna repite Sto. Tomás las ideas aristotélicas.

“Las energías activas que se encuentran en el semen masculino tienden a la producción de un ser perfectamente igual, o sea, del sexo masculino.  Pero, cuando lo engendrado es mujer, ello se debe a una debilidad de la energía activa, por causa de mala disposición de la materia o también a alguna mutación procedente del exterior debido, por ejemplo, a los vientos húmedos del sur.” (Suma Teológica I)

Mitterer piensa que, para el Doctor Angélico, desde el punto de vista religioso, la mujer no es tampoco de igual condición que el hombre. Por eso, a la mujer debe negársele la comunicación directa con Dios. Sólo a la monja se le concede por excepción.” (Mitterer: “Comentario a 2 Co 11, 2-16”) 

Por tanto, según el concepto biológico  de la Edad Media, la mujer no es de igual condición que el varón. Ella, “por su misma naturaleza es inferior al varón en energía y dignidad, y a él está sometida por naturaleza, ya que en el varón predomina, por naturaleza, la mayor capacidad de entendimiento”. (Suma Teológica I)

Teniendo en cuenta la autoridad e influencia de Sto. Tomás, no puede asombrarnos que estas ideas no se limitaran al siglo XIII, sino que sus consecuencias se dejen sentir hasta en los tiempos modernos.

Esto lo podemos ver en grandes escritores y filósofos: Ibsen, Schopenhauer, Kant y tantos otros.  El error fundamental de todas estas apreciaciones negativas sobre la mujer, se deben principalmente a que no se la ha considerado en su total dimensión de naturaleza humana y de persona, sino sólo desde algunos puntos de vista.

Es necesario salvar, en primer lugar, al ser humano que reside en la mujer. Esto deberá conseguirse incluso en la Iglesia de hoy.

No quiero continuar presentando este cuadro tan negativo y descalificador de la mujer. En oposición a éste, quiero mostrar aquí el pensamiento creativo y estimulante de la teóloga uruguaya María Teresa Porcile Santiso sobre la mujer en su libro “La mujer, espacio de salvación.”.

Para ella, los aspectos constitutivos específicos del cuerpo de la mujer pueden ser vehículo de su identidad profunda y de un mensaje y lenguaje teológico propio de ella. Desde el punto de vistas de su ser sexuado, la mujer es un ser interior. Esto constituye una diferencia innegable con el hombre.

A lo largo de la historia, se ha utilizado este dato como una interpretación que predispondría a la mujer a la receptividad y a la pasividad. Aunque la estructura morfológica del cuerpo de la mujer habla de receptividad, ésta no está determinada fatalmente para recibir, sino que está condicionada potencialmente para recibir.

No se infiere del cuerpo de la mujer un destino ciego ni una pasividad, sino únicamente la existencia de un espacio de acogida y la posible apertura del mismo. El ser corpóreo no determina a la persona; sí la condiciona.

No es lo mismo ser humano como varón que ser humano como mujer. Cada uno se da al otro, pero de modo diferente.  El cuerpo de la mujer es capaz de dar nacimiento. Esta especificidad del ser femenino, capaz de ser fecundado, pone de relieve su especificidad de dar a luz.

Hay una reciprocidad entre varón y mujer; ninguno es autosuficiente para la generación de la vida. Es una interdependencia radical la que hace que los dos sean transmisores. Al mismo tiempo, en esa reciprocidad – que pasa por la corporeidad diferente  se revela una identidad humana profunda con modalidades diferentes.

Aparentemente en el varón, al nivel del lenguaje de su cuerpo, el encuentro con el otro no afecta su estructura corporal interna. El encuentro se produce al exterior de sí en el interior del otro.

El hombre, en ese encuentro, sigue siendo exterior y, en cierto modo, distante. Su cuerpo no mostrará las consecuencias del encuentro vital. Evidentemente, esta manera tan profundamente similar y diferente a la vez de vivir una misma relación, tiene que tener un significado profundo.

La mujer, de acuerdo a los tiempos de fecundidad, podrá llevar el fruto de ese encuentro como “otra vida” en sus entrañas. Todo su cuerpo, todo su ser psicosomático es afectado por esta presencia vital en su seno.

De ahí en adelante, de la mujer depende el crecimiento y el desarrollo progresivo de esta vida. Un día esa vida será capaz de subsistir por sí misma, pero los nueve meses de estadía en el seno materno, será totalmente dependiente del cuerpo que la abriga.

La mujer sola no engendra la vida; pero una vez engendrada, la mantiene y nutre en su cuerpo. Es por eso que la mujer tiene los elementos para una experiencia peculiarísima de la vida, a tal punto, que en el momento en que llegue a dar la vida, podrá perder la suya.

Esta es una especificidad indiscutible de la mujer: dar la vida con riesgo de perder la suya propia.

 

La posición de la mujer en la Iglesia. -  Según el movimiento feminista moderno, la posición y misión de la mujer en la Iglesia es la consecuencia de su desvalorización, como residuo del absoluto dominio masculino, según la teoría sociológica del momento.

Algunos sostenían ya desde los primeros tiempos de la Iglesia, que el mundo de la mujer no es la notoriedad, sino “el rezo y el ejemplo”. De esto se deducen ciertas exigencias referentes a la posición de la mujer en la Iglesia. San Pablo pide que “las mujeres cállense en las asambleas, que no les está permitido tomar la palabra” (1Co 14,34).

Para él, la enseñanza oficial es cometido exclusivo del varón. Esta consigna paulina continúa vigente hasta hoy en la Iglesia, aunque, sin duda, algo se ha avanzado en algunos aspectos.

El error fundamental de todas estas apreciaciones negativas sobre la mujer, se deben principalmente a que no se la ha considerado en su total dimensión de naturaleza humana y de persona, sino sólo desde algunos puntos de vista.

Es necesario salvar, en primer lugar, al ser humano que reside en la mujer. Esto deberá conseguirse incluso en la Iglesia de  hoy.

Hace algunos días, llegó a mis manos la traducción de una homilía del Padre Cantalamessa que me sorprendió muy gratamente. Predicando el Viernes Santo recién pasado  en Italia, se refiere a las mujeres que acompañaron a Jesús junto a la cruz. Al respecto dice así:  “Este hecho extraordinario de las mujeres que llamamos, con una cierta condescendencia masculina, las “piadosas mujeres”, son mucho más que “piadosas mujeres”. ¡Son Madres Coraje!. Desafiaron el peligro que existía en mostrarse tan abiertamente a favor de un condenado a muerte.” Y continúa: “Se discute desde hace algún tiempo quién quiso la muerte de Jesús: los jefes judíos o Pilato. Una cosa es cierta; en cualquier caso, fueron los hombres, no las mujeres”.

Ninguna mujer está involucrada, tampoco indirectamente, en su condena. Hasta la única mujer pagana que se menciona en los relatos, la esposa de Pilatos, se disoció de su condena (Mt27,19). Es cierto que Jesús murió también por los pecados de las mujeres, pero históricamente sólo ellas pueden decir:”¡Somos inocentes de la sangre de éste!” (Mt 27,24).”

Después señala el hecho que fueron las primeras en ver al Resucitado y que los apóstoles no les creyeron, cuando se los  anunciaron, sino que lo consideraron  como “un desatino completamente femenino.”

 En otra parte de su exposición señala: “Después de tantas eras que han tomado

nombre de hombre, es deseable que se abra por fin para la humanidad una era de la mujer, una era del corazón, de la compasión, y que esta tierra deje ya de ser “la pequeña tierra que nos hace tan feroces.” Insiste en la necesidad de dar más espacio a la mujer.

María Teresa Porcile en su obra citada anteriormente, insiste en que el aporte de la mujer a la Iglesia es único e insustituible, pues ella conoce por experiencia vital en su cuerpo lo que significa ser “espacio habitable”, y la Iglesia debe ser un lugar de acogida, espacio habitable.

Añade que una Iglesia con identidad femenina supone una manera diferente, “femenina” de realizar la misión. Desde la categoría del espacio interior,  - vulnerable, abierto, habitable – la misión de la Iglesia será la misión de ser vulnerable al otro en sus sufrimientos y búsquedas; del ser abierto al otro en sus necesidades, del acoger al otro con sus riquezas y diferencias.

Es una misión de abrigar más que de conquistar. Por lo tanto, una misión que se hace servicio, atendiendo a lo humano.

 

Las mujeres en la Iglesia primitiva .-  En los Hechos de los Apóstoles, Lucas nos presenta muchas mujeres que colaboraron con entusiasmo en la labor de expansión del Reino de Dios. Sólo señalaré algunas de ellas, especialmente las que ayudaron a San Pablo en su labor entre los gentiles.

Febe.-  El campo de actividad apostólica de Febe fue la ciudad de Cencreas, a dos horas de la ciudad de Corinto.  Corinto era un puerto famoso por su comercio, su industria y su inmoralidad. Allí pasó San Pablo año y medio y, posiblemente, convirtió allí a Febe, que fue después su fiel colaboradora.

No era tarea fácil fundar una comunidad cristiana en una ciudad portuaria cuya población estaba constituida por una mezcla de razas y grandes desigualdades económicas. Además existen testimonios referentes al desenfreno de la gente marinera, cuando llegaban al puerto. Se gastaban en juergas el jornal de semanas.

Éste era el ambiente en que se movía Febe. Ayudaba a los pobres y a los marineros enfermos, que la llamaban la “hermana Febe”. También era conocida por los ricos propietarios de buques y por los comerciantes, ya que acudía a ellos para pedir su colaboración para  ayudar a los que sufrían necesidades.

En este ambiente de marineros se obró el milagro del cristianismo. San Pablo le

otorgó el título de “Prostatis” (Prefecto).

Febe fue muy estimada por cristianos y paganos. Por asuntos de negocios tuvo que viajar a Roma, y S.Pablo la eligió a ella para hacer llegar a Roma la Epístola a los Romanos

Loida y Eunice. -    Timoteo – llamado el segundo yo del Apóstol -  fue infatigable amigo y colaborador del Apóstol.. Pablo alabó la “fe sincera” de Eunice y de su madre Loida.  Eunice era judía casada con un griego pagano. Probablemente éste había muerto, cuando S.Pablo llegó.

Eunice y su madre Loida se convirtieron y, para instruir debidamente a su hijo y nieto Timoteo, se dedicaron a estudiar las Sagradas Escrituras – el Antiguo Testamento, porque el Nuevo aún no estaba escrito. S.Pablo las instruyó sobre la doctrina de Cristo.

 Tecla .-  Aparece en el escrito apócrifo “Los hechos de Pablo y Tecla”. S.Pablo encomendó a Tecla lo siguiente:” Vete y anuncia la palabra de Dios” . Tecla fue fiel a su misión. Ante el juez pagano confesó valientemente: “Yo soy la esclava del Dios verdadero” (E.Hennecke:Apócrifos del Nuevo Testamento)           

La vida ejemplar de las mujeres cristianas y el valor demostrado en confesar su fe por medio de sus acciones, es lo que mas llamó la atención de los paganos.

Lidia.-  Nació pagana.  Era una conocida comerciante en colorantes. Lidia se interesó por la predicación de S.Pablo. Ofreció su casa para las reuniones. Lucas cuenta, como testigo ocular: “Nos sentamos y empezamos a hablar a las mujeres que habían concurrido. Una de ellas llamada Lidia, vendedora de colorantes para la ropa, natural de la ciudad de Tiatira y que adoraba a Dios, nos escuchaba. El Señor le abrió el corazón y ella creyó en lo que decía Pablo. Cuando ella y los de su casa recibieron el bautismo, suplicó:” Si me consideran fiel seguidora, vengan, y quédense en mi casa”. Y nos obligó a ir.” (Hch 16, 13-15)

Prisca y Aquila.-  En los Hechos de los Apóstoles, Pablo habla de Prisca, pero Lucas la llama Priscila. Se la cita varias veces, siempre unida a su marido Aquila. A este matrimonio lo encontramos por primera vez en Corinto.

En el año 50 o 51, cuando S.Pablo llegó allí, se encontró con este matrimonio judío que acababa de llegar de Italia, porque Claudio había decretado que todos los judíos saliesen de Roma.

Eran del mismo oficio que S.Pablo – fabricantes de tiendas – y el Apóstol se quedó a vivir y a trabajar con ellos. Se hicieron muy amigos y pronto el matrimonio se convirtió , se bautizó y entró a formar parte de la comunidad cristiana.

Pablo tuvo que partir de viaje, pero sus amigos comenzaron su labor misional. Su casa se convirtió en punto de reunión de los discípulos de Jesús.

Desde Egipto llegó a Éfeso Apolo, famoso orador, experto en Sagradas Escrituras, que había sido discípulos de Juan Bautista. Comenzó a hablar en la sinagoga. Priscila y Aquila que lo oyeron, lo invitaron aparte para enseñarle el pensamiento cristiano.

S. Juan Crisóstomo sostiene que fue Priscila la que lo adoctrinó. Apolo no era un principiante, sino un misionero que ya había actuado con éxito, por lo que los conocimientos del cristianismo que le transmitió Priscila tienen que haber sido muy profundos.

La Carta a los Tesalonicenses y la Carta a los Gálatas se supone que las escribió S.Pablo en las pausas en el trabajo con Priscila y Aquila. Estos activos colaboradores de San Pablo murieron mártires, como muchas otras colaboradoras del Apóstol.

Por supuesto que hubo muchas otras mujeres que colaboraron con gran entusiasmo y lealtad con la labor apostólica de San Pablo, pero sería alargarme demasiado nombrarlas a todas.

Para terminar, sólo quiero destacar el hecho de que, para estas mujeres que ofrecían su casa para que San Pablo le hablara a la gente, significaba un sacrificio en muchos sentidos.

Según las normas existentes en ese entonces en las comunidades cristianas, la dueña de casa debía lavar personalmente los pies de los que entraban a su  hogar. No podían permitir que lo hiciera un esclavo, porque  debían seguir el ejemplo del Maestro en la Ültima Cena.

Conviene recordar también que los soldados romanos perseguían a los cristianos y buscaban los lugares donde se reunían para arrestarlos. Por esta razón, muchas de las mujeres que generosamente ofrecían su casa para las reuniones, fueron apresadas y se convirtieron en mártires.

BIBLIOGRAFIA 

“La mujer en la Iglesia”, Dr. Francisco Xavier Arnold, Ed. Atenas S.A.- Madrid

“La mujer en la Iglesia primitiva”, Dr. Peter Ketter, Ed. Atenas S.A. Madrid

 “Las mujeres en las cartas de los Apóstoles”, Dr. Peter Ketter, Ed. Atenas S.A. Madrid

 “Figuras femeninas en la vida de Jesús”, Dr. Peter Ketter, Ed. Atenas S.A Madrid

“La mujer eterna”, Gertrud von le Fort, Ed. Patmos