Reflexiones
EL CRISTIANO DEBE SER MISIONERO
“No podemos callar”
El cristiano o es misionero o no es cristiano. Esta es nuestra vocación y misión. Ya había enviado a los 12 (Lc 9,1-6). Pero la misión no es competencia sólo de los 12, Es tuya, es mía, es de todos (Vaticano II). El envío de los 72, que es un número simbólico, habla de universalidad (72 eran los ancianos elegidos por Moisés como asistentes, 72 eran los pueblos conocidos por los judíos). Todos somos misioneros y todos somos enviados sin fronteras de raza, cultura, religión e ideologías. Anunciar no es imponer.
El Reino de Dios no puede esperar. Decían los Apóstoles: “No podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hch .4,20. Y Pablo exclamaba: “¡Ay de mi si no evangelizare!” (Cor.9,16). Y Juan XIII solía decir: “Si estuviéramos convencidos de la Buena Noticia de Jesús, que nos produce alegría y mucha paz, convenceríamos a los demás”.
Y el Reino, el sueño de Dios para nosotros,
no es condenación sino misericordia,
no es castigo sino compasión,
no es indiferencia sino solidaridad,
no es prepotencia sino sencillez,
no es esclavitud, sino libertad,
no es odio sino reconciliación,
es decir no es otro mundo sino un mundo distinto.
Es liberación integral de todo lo que esclaviza al hombre y cumplimiento total de sus más profundas aspiraciones.
No es sólo DECIR sino HACER: “Y curad a los enfermos”(Mt. 10,7-8; Lc 4,31-41)
Más brevemente, el Reino de Dios es creer que Dios es nuestro Padre y que todos somos hermanos. Y Jesús indica el cómo anunciar el Reino: con modestia y sencillez (no somos protagonistas sino instrumentos. Habrá dificultades (van “como ovejas en medio de lobos”, pero no estamos solos. Hay que caminar ligeros de equipaje, puesta la confianza en quien nos envía. Nuestra recompensa no será necesariamente el éxito sino el que Dios cuenta con nosotros (nos tiene inscritos en su corazón).
Y anunciar todo esto con la vida. En el puerto de Marsella no podía entrar ningún cura. El ambiente era hostil a la Iglesia. Empezó a trabajar un joven. Era abierto, alegre, solidario con todos. Trabajaba junto a una persona mayor para echarle siempre una mano. Un día se desprendió una grúa y aplastó a los dos. Saltó una sorpresa mayúscula. En el carnet de identidad del joven decía: CURA OBRERO. Esa fue su mejor lección. ¿No hablamos demasiado y vivimos demasiado poco? A partir de entonces, el puerto se abrió a todos los curas.
José María Guerrero, sj
