Reflexiones

 

REFLEXIONES EN UN SÁBADO SANTO

 

El Sábado Santo en la mañana, la primera charla la dio el Padre Tony Mifsud.  Habló sobre la espiritualidad.  Me interesó mucho el tema, y por eso, en esta ocasión, señalaré algunos puntos que creo son interesantes para reflexionar.

 

Las cosas no son lo que parecen.  El fracaso de la cruz se convierte en la gloria de la resurrección.  María Magdalena va a la tumba a buscar un cadáver ....  Ve al jardinero y no sabe que es Jesús resucitado.

En Jesús resucitado, Dios se revela como el Dios de las sorpresas.  La mirada divina no es la mirada humana.  Ya decía Jesús:  “Lo imposible para los hombres es posible para Dios”.  Dios es totalmente Otro;  es una absoluta novedad.  La fe en Dios se convierte en un desafío para enfrentar lo nuevo.

Con el correr de los años, esta verdad nos llega a resultar dolorosa y consoladora.  Una verdad dolorosa porque vamos comprendiendo lo poco que somos.  Pero también es una verdad consoladora, porque empezamos a confiar en la misericordia infinita de Dios.

 

La salvación es un don de Dios, no es un mérito mío.  No existen dos historias: la del hombre y la de la salvación.  Sin embargo, este don de Dios sólo se puede acoger desde la realidad humana.  Sólo desde lo humano se puede llegar a lo divino. Dios no desprecia lo humano, sino todo lo contrario.  En Jesús, Dios se hace humano para guiar a la humanidad hacia la divinidad. Hay que aceptarse para poder reconocer la gracia de Dios y emprender el camino de la conversión, confiando en la fuerza del Espíritu de Jesús.

 

La auténtica espiritualidad comienza desde abajo y no desde arriba.  No es desde el que “yo quisiera ser”, sino desde “lo que soy”.  El ideal es la meta, pero el camino es la realidad concreta. Los ideales son como modelos, metas para seguir el camino.  Pero esto puede traer frustración, al ver la diferencia tan grande entre nosotros y los ideales, los santos.  Pero no se puede copiar a los santos.  Ellos pueden ser aliciente, pero cada uno debe llegar a Dios por su propio esfuerzo.

 

La santidad es fruto de la misericordia.  Cuando toco fondo, cuando me siento que estoy en lo más oscuro de un túnel, me doy cuenta que necesito a Dios.  Sólo El puede cambiarme.  Entonces caemos en la cuenta que no basta nuestro propio esfuerzo, que nuestro propio deseo de perfección no se realiza sin la ayuda de Dios.

 

Pablo dice que el proceso de conversión implica despojarse del “hombre viejo” para revestirse del “hombre nuevo”, creado según Dios o según la imagen del Creador.  En la persona de Jesús el cristiano encuentra el ideal del ser humano.

 

La espiritualidad desde abajo ha sido descrita por el monje Evagrio Pontico (siglo IV) al afirmar:  “Si deseas conocer a Dios, aprende primero a conocerte a ti mismo”. Es decir, el ascenso a Dios pasa por el descenso a la propia realidad, hasta lo más profundo del inconsciente.

Resulta que no son precisamente mis virtudes las que más me abren  a Dios, sino todo lo contrario.  Son mis flaquezas, mi incapacidad, hasta mis propios pecados los que me acercan humildemente a su presencia.

 “La auténtica oración” – dicen los monjes del desierto –“ brota de las profundidades de nuestras miserias y no de la cumbre de nuestras virtudes”. La humildad es el valor para aceptar la propia verdad, siendo por eso una virtud religiosa (la propia pequeñez delante de Dios) y no una descripción psicológica (la baja autoestima).  Cuando se agotan todas las posibilidades humanas comienza la gracia, porque empieza mi fe.

Algunos de los grandes modelos bíblicos no eran perfectos: Abraham, Moisés, David, esas columnas del Antiguo Testamento cometieron grandes faltas. 

Abraham, en Egipto, niega que Sara es su esposa por miedo a ser asesinado y la hace pasar por su hermana.  A causa de su cobardía, el Faraón la incluye en su harén.

Moisés es un asesino, ya que mató a un egipcio en un arrebato de cólera al verlo castigar a un hebreo.

David se acuesta con Betsabé, la mujer de Urias.  Cuando descubre que está embarazada, envía a Urías a la muerte en el campo de batalla.

 

En el Nuevo Testamento, Pedro no comprende a Jesús y su misión.  Jesús lo llama Satanás, cuando el apóstol trata de disuadirlo para evitar su muerte.  Sin embargo, Jesús lo eligió para dirigir su Iglesia.  No buscó hombres perfectos.  A Pedro le dio una segunda oportunidad, y éste, posteriormente, se convirtió en una verdadera roca por permanecer fiel a Cristo. Pablo, por su parte, confiesa:  “Antes fui un blasfemo y un perseguidor, pero Dios vino a salvarme”. Todos estos hombres fueron grandes, porque supieron reconocer sus pecados y pidieron perdón.

 

Después de resucitar, Jesús “descendió a los infiernos”, como decimos en el Credo.  Nosotras estamos en este “infierno” y podemos subir con Jesús.  El nos convoca para que hagamos nuestra propia resurrección.

Mis heridas, mis fallos, me ayudan a conocer, con humildad, quién soy.  Ellos son la puerta para acercarme a Dios.  El camino pasa por la confianza en la misericordia de Dios.   Esto se logra, generalmente, desde el dolor.

 

La gracia se transforma en fuerza.  Nos permite empezar a construir desde abajo, desde nuestra realidad.  No necesitamos presentar una historia perfecta.  Nos dirigimos a Dios desde nuestra pobreza.  Sabemos que El quiere transformarnos.  Sabemos que todo es gracia.  Aceptar esto es confiar en Él.

 

Elena Pablo Elorza

AMAC  Santiago

Abril  2007