Reflexiones

 

REFLEXIONES EN UN VIERNES SANTO

 

 

Desde hace varios años, no me pierdo el Retiro de Semana Santa que dan los Jesuitas en el Colegio de El Bosque.  Este año, como siempre, llegué temprano, porque el local, a pesar de ser un enorme gimnasio, se hace pequeño para la cantidad de personas que asisten. Como siempre, las pláticas me dejaron impresionada, y quisiera destacar aquí algunos conceptos que me han hecho reflexionar y que deseo compartir. Los conceptos que expondré, los he sacado de las charlas que el Padre Fernando Montes y el padre Tony Mifsud dieron el Viernes Santo (06.04.07) en la mañana.

 

El P. Montes – con la simpatía que lo caracteriza – nos invitó a acompañarlo en un viaje de retorno a su niñez.  Nos contó que le encantaba subir con su mamá a la habitación donde ella tenía el baúl de los recuerdos.  Su mirada de niño gozaba viendo las cosas que allí se guardaban:  ropa de la abuela, abanicos, carteras, zapatos; en fin, muchas antigüedades llenas de historia para los adultos. Reflexionó sobre el cambio tan grande que ha ocurrido en el mundo de hoy.   Antes todo se guardaba.  Todos teníamos “un baúl de recuerdos”.  Hoy esto no ocurre. Vivimos una época de deshecho; todo lo botamos. Pero tenemos que aceptar el hecho que ese mundo nuestro – que recordamos con nostalgia – ha muerto.  No podemos pretender volver atrás y quedarnos en él.

 

Es preciso que vivamos en el mundo de hoy, buscando todo lo maravilloso que encierra.  En este mundo nuevo es donde tenemos que colaborar con Jesús en la implantación del reinado del padre. Recuerdo que D. Rafael nos insistía mucho también en esto.  “Nuestra misión está aquí en este mundo de hoy”, repetía.

 

¿Pero qué es lo primero que tenemos que hacer en esta época de cambios?  El P. Montes nos habla de las ideas que sugiere San Ignacio para enfrentar los cambios.  Lo primero es descubrir nuestros principios y fundamentos. Ellos son:  El ser humano tiene sentido en esta vida.  Mi vida tiene sentido. Si yo vengo de Dios, mi vida tiene sentido si vuelvo a El.  Como decía S. Agustín:  “Nos hiciste, Señor, para ti y no descansaremos hasta volver a ti”. Sólo Dios es el absoluto.  Lo demás es – como dice el Eclesiastés – “vanidad de vanidades”.  Sólo el que acepta a Dios como el absoluto puede ser feliz. Hay muchas cosas buenas en la vida.  Tenemos que gozarlas, pero sabiendo que todo es un medio, no un fin.  Gozar de las cosas, pero sin ser esclavas de ellas.  Darle prioridad a las cosas.  No agrandar los problemas; no hacer drama de todo, son otras sugerencias de San Ignacio.

 

Para muchos cristianos, el centro de la vida es la culpabilidad y no el amor que Dios nos tiene. Todos vivimos momentos de sufrimiento y dolor, pero tenemos que hacer que ese dolor sea fecundo, como el dolor de Jesús.  Un dolor bien procesado nos hace más humanas. Parte de la solidez de nuestro caminar es tener dudas y presentárselas al Señor y decirle:  Yo confío en Ti.  Aceptar la precariedad de mi fe y confiar en el Señor.

 

Ahora quisiera destacar algunos puntos de reflexión de la primera charla del padre Tony Mifsud.  Me refiero a la culpa y el arrepentimiento.  La culpa es un fenómeno psicológico;  el arrepentimiento es una profunda experiencia religiosa.  Presupone que Dios nos ama de forma incondicional. Esto implica ver en los demás el mandamiento de Jesús:  “amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

 

Hay culpas sanas y culpas enfermizas, malsanas.  El sentimiento de culpabilidad no ayuda a crecer, mientras un sano sentimiento de culpa, humaniza. La culpa es un sentido de malestar, de no adecuación con una misma.  No hice lo que debía haber hecho.  Es, a la vez, racional y emocional. Esta culpa es sana, porque muestra un ser humano que se hace cargo de sus actos;  se hace responsable de ellos.

 

En el Evangelio encontramos la parábola del fariseo y el publicano.  El primero cree que ha cumplido todas las normas.  No se abre a la conversión, ya que se encierra en la seguridad que experimenta en sí mismo, negando cualquier sentido de culpa, y sintiéndose superior a los demás. El publicano, en cambio, se siente pecador; reconoce sus culpas y pide perdón.  Se abre a la posibilidad de la misericordia de Dios y a la reconciliación.  Jesús dice que este publicano volvió en gracia a su casa.

 

Básicamente, hay tres sentimientos de culpabilidad que suele atormentarnos, pero que, a la larga, no nos ayudan, ya que no conducen necesariamente al auténtico arrepentimiento que, de hecho, es lo único que interesa en cuanto experiencia de fe.

 

En primer lugar, habría que mencionar la culpabilidad tabú.  El tabú constituye un objeto hacia el cual uno se siente fuertemente atraída, pero a la vez, conlleva una estricta y condenatoria prohibición.  Esta oposición entre la fuerte atracción y la prohibición hacia el mismo objeto genera un agudo sentimiento de culpabilidad. Es el sentimiento del deseo a lo que está prohibido y, por tanto, el sentirse mala y merecedora de todos los castigos.  Por eso, el sentido de culpa responde a un hecho objetivo, mientras que el sentimiento de culpabilidad es predominantemente subjetivo y no necesariamente responde a algo objetivo.

 

Otro tipo de culpabilidad se puede llamar culpabilidad narcisista.  En este caso, el sentimiento de culpabilidad nace de la pérdida de auto-estima frente al ideal del yo construido por el propio sujeto. Toda persona interioriza un yo ideal que le sirve de referencia evaluativa de sí y de sus actos.  Este “yo ideal” proporciona un rumbo de vida y una seguridad en sí mismo en relación con los demás. Por eso, cuando el propio comportamiento no coincide con la altura del ideal interiorizado se produce un sentimiento de culpabilidad. La culpabilidad no surge sólo por la frustración que causa la ruptura entre la propia realidad y su idealización, sino también por la sensación de haber perdido la estima de los demás.

 

Otra culpabilidad es la culpabilidad legalista.  Se fundamenta en el cumplimiento de la Ley.  No dice relación con el haber causado daño a otro. En su vertiente religiosa, la culpabilidad legalista vive la angustia  de un Dios dispuesto a castigar.  Pero olvida que lo que nos salva no son las normas, sino el amor de Jesús. Algunos creen que basta con cumplir las leyes – como el publicano de la parábola – y no en abrirse a los otros.  En este caso, el foco es el pecado, no el amor. La culpabilidad malsana conduce a la angustia, a la falta de paz .  Pero lo central de nuestra fe no es el pecado, sino la misericordia de Dios.

 

El sentimiento de culpabilidad – en su triple versión de tabú, de narcisismo y de legalismo – deja a la persona encerrada en sí misma, lo que agudiza la angustia.

No todo sentido de culpa conduce necesariamente al arrepentimiento religioso, que se traduce en la conversión.  La culpa no basta para llegar a Dios, si no estamos convencidas del amor incondicional de Dios. 

Es la diferencia entre Judas y Pedro.

El primero reconoce su culpa, pero no pide perdón, porque cree que su culpa es mayor que la misericordia de Dios.  Pedro, en cambio, fue capaz de aceptar el perdón que Jesús resucitado le ofreció-  Le dice:  “Tú sabes todo, tú sabes que te quiero.  “Aprende la humildad y reconoce el amor y la misericordia de Dios.

Ambos reconocen su culpa.  Pedro se siente lavado, perdonado.  Judas se encierra en su culpa y no encuentra solución sino en el suicidio.

 

El perdón tiene un doble camino.  Dios siempre perdona al que se lo pide.  Esta es la Buena Noticia:  Dios es un Padre Misericordioso.

 

Jesús, en su vida cotidiana, acoge a los pecadores.  Cuando llega la prostituta a lavarle los pies con sus lágrimas y su perfume, sabe que la mujer está arrepentida:  “Al que ha amado mucho, se le perdona mucho”.

 

Dios no mandó a su Hijo para castigar, sino para salvarnos.  La conversión me hace abrirme al perdón de Dios, no a quedarme encerrada en la culpa.  Lo central de nuestra fe no es el pecado, sino la misericordia.

  

 

 

Elena Pablo Elorza

  Amac  Santiago

        Abril 2007