NUESTRO FUNDADOR

 

CÓMO HABLÓ DEL HOMBRE

 

Fue característico de él, ver al hombre como unidad de espíritu y materia, sin separar su vida espiritual del temperamento, carácter, realidad familiar, ambiente de trabajo o medio social. 

Pensaba que esta unidad debía hacerse más consciente, ser trabajada para lograr coherencia en la vida de cada persona.

El trabajo del propio conocimiento tiene que ser emprendido “cogido de la mano de Dios” , lo que nos asegura contra todo desaliento.  Nuestro ser más íntimo, aquél que está detrás de todas las máscaras conscientes o inconscientes, es el que debe encontrarse en profundidad con el Señor. 

Este ser único y original debe ser descubierto por nosotros y desarrollarse para llegar a ser nota insustituible y armoniosa dentro de la grandiosa sinfonía del plan de Dios.

Por eso todo esfuerzo serio de formación tiene que partir de una búsqueda muy sincera de la verdad sobre uno mismo.  Esta se nos va dando gradualmente, aunque a veces en forma dolorosa. 

El cristiano debe ser el hombre cuya fuerza se basa “en una gran humildad y en una gran ambición”. 

Humildad de saberse contingente, imperfecto, necesitado. 

Ambición nacida del conocimiento de sus posibilidades ilimitadas, al contar con el amor y el poder de su Padre, que hace maravillas y que para siempre quiere seguir haciéndolas.