NUESTRO FUNDADOR
CÓMO ENSEÑÓ
Su actitud era sencilla, más bien tímida, hablaba sin la menor afectación, sin escucharse jamás a sí mismo, sin querer deslumbrar a nadie. Más bien parecía sugerir, invitar a reflexionar.
Sabía escuchar y mostraba una facilidad innata para apreciar lo medular de cada situación planteada.
Sus juicios revelaban amplitud de criterio, equilibrio y visión.
Su actitud era de interés y respeto por las personas, de exigencia para mostrar las metas más altas, y de paciencia para comprender el ritmo de maduración de cada uno, de optimismo y realismo.
Generalmente sus ideas salían como piedras preciosas sin pulir, como pidiendo que otros las hicieran brillar y las repartieran.
Las reuniones comenzaban, por lo general, con alguna afirmación drástica y sugestiva, que hacía el efecto como de clavar banderillas en los participantes. Se abría el diálogo.
Poco a poco se veía que el tema no era tan simple como parecía. Había muchos ángulos que mirar, muchas raíces que poner al descubierto. El tiempo pasaba, se discutía, se preguntaba.
Al terminarse la charla, había personas que se sentían desazonadas, y naturalmente, sin haber llegado a conclusiones claras.
Entonces, don Rafael se restregaba las manos y decía con gran satisfacción: “¿ Están todas bien confusas? ¿No han llegado a nada definitivo? ¡ Eso está muy bien! ¡Sigan pensando!”
Otro modo de enseñar y formar se daba a través de la dirección espiritual, tarea a la que dedicó gran parte de su vida.
Siempre tenía tiempo para acoger y atender a quien lo necesitaba como sacerdote.
Orientó y abrió horizontes a la espiritualidad de los laicos, cuya acción madura y creativa consideraba de urgencia para la Iglesia y para el mundo.
Sin embargo, en su “dirección espiritual” jamás imponía su punto de vista y nunca daba recetas de cómo actuar.
Su pregunta habitual era: “¿ Por dónde le está hablando Dios a usted?” Eso era lo importante.
Y aunque él tenía sus líneas de acción definidas, quería que los demás encontraran por sí mismos las propias.
Dejaba hacer e, incluso, dejaba equivocarse. “¿Por qué no me lo advirtió antes, don Rafael, si usted sabía?” “Porque tiene más valor el que usted misma lo haya descubierto”.
Ayudaba, sí, a encontrar los signos a través de los cuales Dios habla, siempre presentes en la vida y circunstancias personales.
“Hay que tener siempre las antenas puestas para captarlos ...” Y estas antenas son más vivas y sensibles cuanto mayor sea nuestra voluntad de entregarnos a Dios.
“¿Cuánto de usted le ha entregado a Dios? ¿Un diez por ciento? ¿Un cincuenta por ciento? Hay que dar el cien ...”
¡Y qué alegría recibir su palabra de aliento cuando se había puesto fidelidad a esta voz del Espíritu! “Usted parece que se ha entregado de veras a Dios ...”
Actuar con delicadeza, saber encontrar la veta del Señor en cada persona, respetar los distintos tiempos y modos de maduración, eran sus métodos invariables. Y sobre todo, impulsar la fe en la acción de Dios.
“¡Cuénteme cosas buenas!”, era la frase que muchos escuchaban al comenzar la conversación.
La persona venía, a veces, sobrecargada de preocupaciones y lo que salía en la entrevista era una lista de problemas sin solución. Él escuchaba atentamente y de pronto descubría un pequeño punto positivo dentro de la colección de calamidades. Lo hacía notar inmediatamente. “¡ Qué bueno que tal cosa ocurriera de ese modo!”
Entonces ella caía en la cuenta de que eso era bueno e importante: era el resquicio por donde estaba actuando Dios. Se abría una ventana en el muro negro. De manera sutil, pero evidente, las cosas comenzaban a cambiar de color.
No se trataba de cerrar los ojos a lo malo, sino mirarlo en la perspectiva de lo bueno. De la entrevista se salía con menos peso, con más ánimo y paz.
En la próxima conversación era ella misma quien empezaba a poner en práctica el sistema, buscando lo bueno que contar y haciendo con don Rafael descubrimientos sorprendentes, que hacían ubicarse con verdadero gozo en este mundo donde Dios actúa tan viva y realmente.
